Me encuentro de
vuelta a mis lugares, mis tierras. Esta tierra de niebla, problemática y
romántica, en un otoño que empieza a teñir las hojas de colores, y la piel de
agujas de frío. Llegando a un refugio después de tres horas de placida caminata
bajo la llovizna. Y ahí están, cuatro mujeres tocando violines, y un guitarra
para acompañar. Fuera, la ventana parece pintada de blanco, no se distingue
nada, si no el océano suspendido de frío que quita el placer del espléndido
panorama de los Piani di Artavaggio. Y ahí, recuperando fuerzas con un plato
caliente que en tantos meses de estancias tropicales no he podido saborear,
vuelvo a ver todos estos meses.
Tocan “Ave María”
de Fabrizio De André, posiblemente el mejor cantautor de la historia italiana.
Un poeta con el don de la música. Un romántico del siglo XX, atento a la
realidad, amante del ser humano y de sus imperfecciones y maldiciones. Ave
María, un himno a la mujer.
Mujeres. El
pensamiento corre en seguida a mis islas Kalangala, a todo lo que he visto. A
cada niño minúsculo que me gritaba “Mujungu bye” (no pudiendo pronunciar
“Muzungu”), que ahora pregunta a Rachel “Mujungu ali wa?” (dónde está el hombre
blanco?), y que siempre estaba acompañado por madres que aguantaban todo su
cansancio para crecerlos. A Justine, a Ovi, a la madre de Rachel, a todas las
mujeres que como héroes crecen solas sus hijos, con el padre que se marcha,
indiferente al futuro de sus pequeños. El hombre es ausente muchas veces. Se
marcha, cuando la pasión se apague y se encuentre cansado de mantener su
progenie. Se marcha, en busca de un cuerpo más cálido, más joven, más nuevo. Se
marcha, para su obsesión hormonal a conquistar nuevas tierras, nuevas
fragancias. Se marcha, sin alguna garantía y protección social para la madre de
sus hijos. Como animales, esparcen semillas que a menudo crecen torcidas, entre
pobreza y hambre. El hombre es ausente muchas veces. El hombre no es un hombre,
es un macho animal en calor, sin alma ni cerebro. Un cuerpo con demasiada
fuerza y poca personalidad. Cobardes, actúan como reyes. Débiles, ladran como
perros de la calle. No ven la belleza. No ven el arte.
Mujeres. Cocinan, con paciencia. Limpian. Recogen leña. Faenas domesticas. Algunas, resignadas a su tarea. Otras, demasiado jovenes para un hombre ya mayor, que ha esparcido pasión y hijos por ahí y por allá. Ruegan, cuidan, mantienen el hogar como una gema preciosa, en un mar de pobreza e incertitumbre. Sentadas en el suelo, se curvan con una flexibilidad que es desconocida en nuestro mundo. Piernas rectas, y espalda como una tabla, doblada solamente al altura de la cadera, con la cabeza que llega hasta el suelo, para permitir limpiar, cocinar, recoger. Su piel color cacao y sus vestidos tan brillantes. La mirada a menudo serena y nostalgica, o tan solo cansada.
Mujeres. Las que se venden, para esperar sobrevivir con algo. Consumidas, objetos de placer, por pocos euros han dejado que su belleza se pudra contra las pieles de los más perdidos, de los borrachos, de los enfermos de HIV. Han dejado que el diablo entre en sus venas en forma de un virus cobarde. Dejan que su tiempo se vaya lentamente, como un reloj de arena.
Mujeres. El
pensamiento va a las víctimas civiles de Sud Sudan y Siria, últimos ejemplos de
cómo la violencia natural del hombre, del macho, puede desahogarse contra los
cuerpos tan bellos, vulnerables y suave de las mujeres. Sufren a diario
violaciones por borrachos veinteañeros que, con una uniforme encima, se creen
dioses de la vida. En Rwanda, durante el genocidio, y en cada guerra tribal,
las mutilaciones a las mujeres, a sus partes íntimas, eran el triunfo de la
perversión humana más diabólica. Fetos humanos descuartizados, senos cortados
con machete, aparatos reproductores destrozados con piedras como arma cobarde
de genocidio, en un lago de sangre. Frente a esos cuentos, que son realidad, un
escalofrío y un miedo incontrolable dominan los pensamientos: ¿cómo puede un
soldado, un hombre, actuar con tanto desprecio, indiferencia, sadismo,
perversión, contra el cuerpo tan parecido al que le dio luz? ¿Dónde está el
orgullo en verter toda propia fuerza, poder, armas, contra los seres más
indefensos y suaves de la sociedad, las mujeres? Frente a estos
acontecimientos, uno puede solo no escuchar, olvidar, y rogar que un Dios
exista, para que pueda inventarse un castigo lo bastante justo (y no se me
ocurre alguno) para estos hijos de puta sin alma.
Mujeres. El
triunfo de la belleza, de la sensibilidad, del amor. Los ojos de una mujer no
pueden mentir fácilmente. Una madre siente amor, cuida un ser humano por años.
Sufre. 9 meses de enfermedad física, y años de sacrificio. Cuida, cuida y cuida otra vez.
Sin quejarse. Paciente, dulce, resignada.
Mujeres. Todas
las que cambian la vida misma de un hombre. Madre, hermanas, abuelas, amantes,
novias, amigas. Sin ellas, mi vida, y la vida de la mayoría de los hombres,
sería miserable. Sus voces, sus curvas, sus palabras, sus experiencias, sus
caricias, sus miradas. A diario están en mis pensamientos.
Mujeres. Posible
salvación de una sociedad violenta que pierde el sentido del amor básico, del
cuidado, de los detalles, de la colmena cooperativa, para perseguir la vanidad,
el poder, el dinero, el sexo sin compromiso, el éxito, el crecimiento que
definiría tumoral. Y me pregunto sólo: ¿cuánto sería mejor el mundo en una
sociedad matriarcal?
A ellas, todas
ellas, presentes y ausentes. Las quiero. Gracias.
.the.Hive.