dilluns, 10 d’octubre del 2016

Mujeres



Me encuentro de vuelta a mis lugares, mis tierras. Esta tierra de niebla, problemática y romántica, en un otoño que empieza a teñir las hojas de colores, y la piel de agujas de frío. Llegando a un refugio después de tres horas de placida caminata bajo la llovizna. Y ahí están, cuatro mujeres tocando violines, y un guitarra para acompañar. Fuera, la ventana parece pintada de blanco, no se distingue nada, si no el océano suspendido de frío que quita el placer del espléndido panorama de los Piani di Artavaggio. Y ahí, recuperando fuerzas con un plato caliente que en tantos meses de estancias tropicales no he podido saborear, vuelvo a ver todos estos meses.


Tocan “Ave María” de Fabrizio De André, posiblemente el mejor cantautor de la historia italiana. Un poeta con el don de la música. Un romántico del siglo XX, atento a la realidad, amante del ser humano y de sus imperfecciones y maldiciones. Ave María, un himno a la mujer.


Mujeres. El pensamiento corre en seguida a mis islas Kalangala, a todo lo que he visto. A cada niño minúsculo que me gritaba “Mujungu bye” (no pudiendo pronunciar “Muzungu”), que ahora pregunta a Rachel “Mujungu ali wa?” (dónde está el hombre blanco?), y que siempre estaba acompañado por madres que aguantaban todo su cansancio para crecerlos. A Justine, a Ovi, a la madre de Rachel, a todas las mujeres que como héroes crecen solas sus hijos, con el padre que se marcha, indiferente al futuro de sus pequeños. El hombre es ausente muchas veces. Se marcha, cuando la pasión se apague y se encuentre cansado de mantener su progenie. Se marcha, en busca de un cuerpo más cálido, más joven, más nuevo. Se marcha, para su obsesión hormonal a conquistar nuevas tierras, nuevas fragancias. Se marcha, sin alguna garantía y protección social para la madre de sus hijos. Como animales, esparcen semillas que a menudo crecen torcidas, entre pobreza y hambre. El hombre es ausente muchas veces. El hombre no es un hombre, es un macho animal en calor, sin alma ni cerebro. Un cuerpo con demasiada fuerza y poca personalidad. Cobardes, actúan como reyes. Débiles, ladran como perros de la calle. No ven la belleza. No ven el arte.

Mujeres. Cocinan, con paciencia. Limpian. Recogen leña. Faenas domesticas. Algunas, resignadas a su tarea. Otras, demasiado jovenes para un hombre ya mayor, que ha esparcido pasión y hijos por ahí y por allá. Ruegan, cuidan, mantienen el hogar como una gema preciosa, en un mar de pobreza e incertitumbre. Sentadas en el suelo, se curvan con una flexibilidad que es desconocida en nuestro mundo. Piernas rectas, y espalda como una tabla, doblada solamente al altura de la cadera, con la cabeza que llega hasta el suelo, para permitir limpiar, cocinar, recoger. Su piel color cacao y sus vestidos tan brillantes. La mirada a menudo serena y nostalgica, o tan solo cansada.

Mujeres. Las que se venden, para esperar sobrevivir con algo. Consumidas, objetos de placer, por pocos euros han dejado que su belleza se pudra contra las pieles de los más perdidos, de los borrachos, de los enfermos de HIV. Han dejado que el diablo entre en sus venas en forma de un virus cobarde. Dejan que su tiempo se vaya lentamente, como un reloj de arena.


Mujeres. El pensamiento va a las víctimas civiles de Sud Sudan y Siria, últimos ejemplos de cómo la violencia natural del hombre, del macho, puede desahogarse contra los cuerpos tan bellos, vulnerables y suave de las mujeres. Sufren a diario violaciones por borrachos veinteañeros que, con una uniforme encima, se creen dioses de la vida. En Rwanda, durante el genocidio, y en cada guerra tribal, las mutilaciones a las mujeres, a sus partes íntimas, eran el triunfo de la perversión humana más diabólica. Fetos humanos descuartizados, senos cortados con machete, aparatos reproductores destrozados con piedras como arma cobarde de genocidio, en un lago de sangre. Frente a esos cuentos, que son realidad, un escalofrío y un miedo incontrolable dominan los pensamientos: ¿cómo puede un soldado, un hombre, actuar con tanto desprecio, indiferencia, sadismo, perversión, contra el cuerpo tan parecido al que le dio luz? ¿Dónde está el orgullo en verter toda propia fuerza, poder, armas, contra los seres más indefensos y suaves de la sociedad, las mujeres? Frente a estos acontecimientos, uno puede solo no escuchar, olvidar, y rogar que un Dios exista, para que pueda inventarse un castigo lo bastante justo (y no se me ocurre alguno) para estos hijos de puta sin alma.


Mujeres. El triunfo de la belleza, de la sensibilidad, del amor. Los ojos de una mujer no pueden mentir fácilmente. Una madre siente amor, cuida un ser humano por años. Sufre. 9 meses de enfermedad física, y años de sacrificio. Cuida, cuida y cuida otra vez. Sin quejarse. Paciente, dulce, resignada.


Mujeres. Todas las que cambian la vida misma de un hombre. Madre, hermanas, abuelas, amantes, novias, amigas. Sin ellas, mi vida, y la vida de la mayoría de los hombres, sería miserable. Sus voces, sus curvas, sus palabras, sus experiencias, sus caricias, sus miradas. A diario están en mis pensamientos.


Mujeres. Posible salvación de una sociedad violenta que pierde el sentido del amor básico, del cuidado, de los detalles, de la colmena cooperativa, para perseguir la vanidad, el poder, el dinero, el sexo sin compromiso, el éxito, el crecimiento que definiría tumoral. Y me pregunto sólo: ¿cuánto sería mejor el mundo en una sociedad matriarcal?


A ellas, todas ellas, presentes y ausentes. Las quiero. Gracias.


.the.Hive.

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