dissabte, 23 d’abril del 2016

Teguz


“… Que ojos claros... usted es gringo!”
“No, la verdad es que soy de Europa…”
“Ah… Europa… […] Y se queda aquí?”
“No, en un mes y medio vuelvo a mi país”
“Tráeme a Europa contigo… por favor, en serio.” Me mira fijo a los ojos. Ojos inocente, profundos y llenos de esperanza. Es un niño de unos 9 años, con una maravillosa sonrisa y una camiseta sucia llena de rotos. Su amiguito cojea un poco, buscan alguna moneda y, más que eso, cuatro palabras. Quieren saber donde vive la gente rubia, de donde venimos. Se lo explico. Europa parece que le despierte la fantasía. Se despiden con una sonrisa, y acariciando brevemente mi hombro. Sigo bebiendo mi refresco de tamarindo, 1 dólar. Estoy en el campus de la UNAH (Universidad Autónoma de Honduras), a las afueras de la caótica Tegucigalpa. Estoy esperando ahí ya que he quedado con un compañero de proyecto para conocerle en un bar cerca, 10 minutos andando. Es mi primer día en Honduras, he llegado la noche anterior desde Costa Rica. Mi tercer día en Centroamérica.

La UNAH no brilla por su modernidad, pero se nota, por lo que he visto, las ganas de enseñar e investigar por parte de nuestros colaboradores, y de aprender por parte de los estudiantes. Llevar adelante la educación, sea cual sea la situación del país, es posible. Es la tarea más importante para que un pueblo tenga esperanza. Además es el día de la Tierra, y hay una feria donde hablan de medio ambiente, reciclaje, protección de bosques, incendios y gorgojo (un bicho que está debilitando a todos los siete tipos de pinos hondureños, y en muchos más países como Canadá). Viendo las carpas que hablan de reciclaje, pienso a la ambigüedad del ser humano en cualquier sitio, capaz de contaminar, destrozar todo, dejar todas las calles de Centroamérica hechas un desastre (basura en cualquier lado), pero a la vez tenaz y con ganas de cambiar las cosas. Juventud, esperanza. Me reclutan también por ser juez de una creativa competición, entre ingenieros químicos del cuarto año, de cohetes hechos con botellas de Coca-Cola llenas de aguas. Buena forma de aprender dinámica de los fluidos. Hay muchos chiringuitos que venden comida típica. Como pan con frijoles, 60 céntimos de dólar. Hace mucho calor y de vez en cuando me tomo un refresco natural (zumo de varios frutos que en Europa desconocemos). Con el sol al Cenit y una capa de calor tropical, un ensordecedor concierto de grillos (o algo parecido) se levanta desde el bosque del campus.

Mientras espero, después de los dos niños, llega Eliel, un estudiante de carrera, que había conocido unas horas antes. El chico me habla de San Pedro Sula, la ciudad estadisticamente más peligrosa del mundo, que él describe como bonita, recomendable para visitar, si tienes los ojos abiertos. Se matan muchos, pero entre los narcotraficantes, no a los turistas. Me pregunta muchas cosas de Europa, es muy inteligente y me pregunta que percepción los europeos tienen de Centroamérica y de los musulmanes. Vaya pregunta, en estos tiempos de barreras, con la Europa norteña y más rica que se encierra en su fortaleza democratica-y-abierta-hasta-que-no-cueste-nada-serlo, y la Europa sureña dividida entre quienes quieren levantar barreras y la mayoría, que quiere acoger de alguna forma millones de desesperados. No sé contestarle, y de todas formas sería poco objetivo y la respuesta quedaría muy incompleta. Me acompaña hasta el bar donde he quedado con mi compañero Wilmer, se ríe de todas las veces que le digo que incluso en Italia me toman por gringo. Conectamos, nacido tan lejos. Wilmer me cuenta de todos sus viajes: un hondureño que ha vivido en Islandia, Europa, y ha viajado por 45 países. Tiene mi edad y como muchos de mi edad está a punto de casarse. Me explica de su trabajo en el Ministerio de Recursos Naturales y Ambiente (es un pez gordo ahí). Un par de cervezas.
 
Vuelvo a Teguz centro. Wilmer, al contrario de otros, me asegura que el rapidito (un bus relativamente directo) es bastante seguro, a pesar que ya se haya puesto el sol y hay que ir con cuidado máximo. Puede ser peligroso si no hay mucha gente, por temas de asaltos, pero ahora está llenísimo de estudiantes y no cabe ni una persona más. Un chaval de unos 14 años baja y sube del bus para gritar el destino y hacer que la gente baje y suba, todo con puertas abiertas. El bus, pequeño y caótico, cruza la ciudad como un caballo loco. Estoy de pie rodeado por universitarios, como ha sido todo el día. Me deja el bus a la Catedral, y de ahí tengo que caminar cuatro manzanas al oeste y dos al sur. Así se dan las indicaciones aquí. La dirección, tanto aquí como en Costa Rica, puede ser “al cruce del supermercado X, 200 metros a norte, y 100 al este, edificio gris en frente a la panadería”. Camino con los sentidos más despiertos que nunca. Es una sensación que empapa la ciudad en cuanto el sol se vaya. Ver militares con un fusil es un alivio muchas veces. Por primera vez, no siento desprecio hacia un militar que lleva armas. Las sombras dan inquietud, uno intenta pasear donde haya gente que camina, evitar grupos parados y desconfiar, preferir calles con mucho tráfico. Sale natural un instinto de supervivencia. La gente aquí se adapta y convive con él. Toma precauciones. Y, cuando toca, se relaja y se divierte. Son muy alegres, se ríen mucho, y toman Flor de Caña, gran ron de Nicaragua. Pueden hablar normalmente de alguien que ha sido asaltado. Parte de su vida, perder dinero y móvil de vez en cuando, con el gran susto de una pistola. No tener tranquilidad. Si le describiera que los problemas europeos son el excesivo estrés, el no tener tiempo, y las preocupaciones de hipotecas, coches, impuestos, ¿qué dirían? No me atrevo.

Estoy escribiendo a las 6 de la mañana (el jet-lag no me deja dormir mucho) desde el hostal La Ronda, una casa de dos plantas que tiene varias habitaciones, sirve comida, bebidas y organiza barbacoas y fiestas. No hay ningún huésped más, y soy el único extranjero que anda por aquí al parecer. El sol está surgiendo y la ciudad se llena de ruido por el tráfico, acompañado por el canto de mil aves. Una terraza arriba del todo, donde se llega por una escalera vertical sin protecciones, da una vista preciosa sobre las calles muy latinoamericanas alrededor, y los montes que se elevan al Norte de Teguz, con una estatua gigante de Jesucristo. Es una burbuja sin lujo pero bien cuidada, económica (11 € por noche), y muy familiar. Como todos los edificios, las puertas llevan rejas, y las paredes y las ventanas llevan trozos de cristal o alambre de espino. Lo que choca también en Centroamérica es la cantidad increíble de cables aéreos que adornan todas las calles. Cables eléctricos, telefónicos, y no sé qué más, todos viajan a unos cuatro metros. Rodean la vista.

Ahora otro día empieza. Hoy toca tranquilidad en el hostal, preparar material para los proyectos donde trabajaré la próxima semana. Espero poder desayunar frijoles cuanto antes, que me estoy muriendo de hambre. Acabo de enterarme que más de 170 países han firmado oficialmente el acuerdo de París. Con todos sus límites, sus contradicciones, es un logro. Pero las soluciones no se llaman ONU. No se llaman, porque son las millones de personas anónimas que intentan hacer algo en pequeños proyectos. Como hacía Nerea.

Pura vida.

.the.Hive.

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