Karibuni Tanzania. La primera cosa que noto bajando del avión en plena noche es el olor del aire. El aire tropical, el mismo que sentía en Ecuador hacía años, en las calles. Es un olor a tierra seca y casi quemada. Aire caliente, tropical, que lleva consigo aromas de gente callejera, de vientos lejanos. Más que eso, es un olor a espacio abierto. Dar Es Salaam, típica capital africana, desde arriba es una extendida ciudad que por la noche aparece por minúsculos puntos luminosos. Las calles no se ven, pues la iluminación publica no existe, y los puntitos azules son de las pocas casas que tienen luz fuera. El resultado es que la imagen desde arriba me resulta más harmoniosa que las arrogantes luces de las ciudades del mundo occidental, que ostentan todo su bienestar y despilfarro a todas horas.
Desde arriba, en el vuelo nocturno de Estambul a Dar Es Salaam, la nada negra del desierto egipcio, y dos serpientes de luces suaves que corren paralelas al Nilo. Espectacular y emocionante, la bienvenida aérea a África! El viaje en taxi hacia la estación de bus me deja asombrado por la
cantidad de gente que vive al lado de la carretera, intentando vender
comida a las cuatro de la noche. El humo que sale aquí y allá es el rastro de fogatas y ollas. Apiñada, esta gente intenta ganarse como
puede algo para comer. Lo hacen con tranquilidad y paciencia.
| Paisaje durante el recorrido en bus Dar Es Salaam-Ilembula. |
| Detalles. Estanque cerca de Ilembula |
Tierra. Durante todo el viaje, hay mesitas precarias, bancos y cuartos sin puertas, donde unos pocos tomates, berenjenas, y, cuando va bien, algunos panecillos mandasi, son todo lo que ofrecen. Los productos diarios de los huertos y del campo. Un país basado en la agricultura, donde todo el mundo compra, vende, come verdura y fruta. La tierra que sostiene la vida, aquí se ve directamente. La habilidad con la cual utilizan la azada desde pequeños es asombrosa. La hincan varias decenas de centímetros bajo tierra, aunque esta esté dura casi como el cemento, arcillosa y árida. Siguen con un movimiento que técnicamente me recuerda la natación por la fluidez, a pesar de ser tierra arcillosa y árida, en lugar de agua. Cuando trabajo con ellos, es incluso físicamente humillante... Un tanzano revuelca más tierra (en extensión y profundidad) que cuatro blancos (mzungu como nos llaman ellos en Swahili) juntos. Ellos se burlan amistosamente de nuestra falta de fuerza. Análogamente, intentando transportar sacos y piedras de muchas decenas de kilos, proporciono varias veces motivos de risas y bromas. Casi me caigo transportando un saco de mijo en la espalda, tropezando como un borracho. En otra ocasión, la liamos parda llevando una enorme piedra entre cuatro blancos, cuando ellos suelen llevarla entre dos. Perdemos el equilibrio y se nos cae en la fosa sobre una reja de metal. Diez minutos para sacarla de ahí. Divertido, una buena manera de compartir risas entre todos.
| Papayas. Ilembula |
Comer con manos. El plato principal es el ugali, o sea, harina blanca hervida (polenta como se conoce en Italia y Argentina, por ejemplo). Se come con las manos, aplastándola y moldeándola con forma de cuenca para recoger alubias o otras verduras. En alternativa, hay arroz. Muchos comen solamente para alimentarse. Como leí, y comprobé directamente, es muy común que quieran compartir con el extranjero la poca comida que tienen. Te ofrecen uno, dos mandasi, un plato de ugali. Les sale natural compartir lo poco que tienen.
Comer con manos. Caminar, trabajar y desplazarse descalzos. Para nosotros, acostumbrados a controladas (¿tal vez excesivas?) burbujas de seguridad alimentaria y medica, resulta difícil no etiquetar estas costumbres con juicios apresurados. El "poco higiénico", "incivil" son términos usados a menudo incluso por los blancos más comprensivos que llevan ahí decenas de años. Lo guay es ver diferencias sin juzgarlas, con un ánimo abierto y curioso. Pero no siempre es fácil.
| Ventanilla del bus: aparecen comida y mercancías por todo lado. Alguna parada entre Dar Es Salaam y Ilembula |
Optimismo y tiempo. Quejarse no es una opción para ellos. Pole pole. Lentamente, poco a poco. No puedes tener prisa. En nada. Y cualquier problema es muy relativo. Una solución se encontrará. Definitiva o provisional. Quejarse por retrasos del transporte, o de cualquier problema que conlleve una perdida del propio tiempo, típica costumbre nuestra, ahí es absolutamente inexistente. Y contagia. Cuando viajas por estos países, el ritmo frenético que empapa nuestras ciudades se borra con una sonrisa. Aprendes a mirar, a observar. Hay tantas cosas a observar, que nunca hay la sensación de perder el tiempo. "Dedícate a sentir, y no pienses." me dijo un amigo antes del viaje. Lo he intentado. Y la verdad es que sientes mucho, sin necesidad de pensar. Observar transportadores en bici, vendedores de verdura, gente parada. Respirar y observar. Y el tiempo, de repente, es un inútil artificio.
Hoy. Otro concepto poco presente es el futuro. África es hoy. Mañana veremos. La necesidad de sobrevivir y una indestructible fe en mañana hacen que los planes para mañana, el mes que viene, o la vida futura de un hijo sean pensamientos poco presentes. En ausencia de ellos, todo es alegría y agradecimiento por vivir un día más. La fe en mañana se basa en la fe en una providencia, en los demás, y en la capacidad de enfrentarse a problemas todos los días. No vale la pena añadir preocupaciones cuando hoy es un día magnifico. Sonrisas por saborear el día de hoy, tan raras en el mundo occidental.
La otra cara de la medalla es una falta sistemática de planificación para el futuro, en temas de educación, por ejemplo. Estos temas son aquellos donde hay más contraste de mentalidades. Ahí, donde ves las consecuencias positivas y negativas de los dos extremos, es realmente difícil no caer en juicios. Y es la tarea más problemática para las personas, religiosas y laicas, que quieren dedicar su tiempo a ayudar. He oído sentencias más o menos firmes sobre el por qué África tiene tantos problemas. Los misionarios de ahí acusan los lugareños de no ser capaces de planificar y garantizar un futuro digno a ellos mismos y su familia. Son juicios que chocan, pero son basados en decenas de años de experiencias, donde imagino habrán visto de todo, desde gente que aprovecha en mala fe las ayudas, a gente muerta por SIDA, a situaciones familiares muy complicadas. Habría que vivir decenas de años para tener las ideas más claras, y no caer ni en un querer indoctrinar, basado en una supuesta superioridad occidental, ni en una actitud simplista del "somos todos iguales", que no considera diferencias objetivas. Muy complicado. Por eso, y otras razones, la cooperación internacional no funciona del todo bien: no se sabe bien como arreglar situaciones de pobreza sin invadirlos/colonizarlos culturalmente. Lo que está claro es que uno tiene que vivir en el contexto social y cultural, antes de tener una mínima idea de la situación. Y en este contexto, uno nota que saben aguantar situaciones de pobreza que matarían a cualquier occidental, saben conformarse con muy poco. En este sentido, tal vez llevarlos a nuestro estilo de vida de excesos, sería incomprensible y dañino.
| Hoy es un nuevo día. Hakuna matata. Ilembula |
El transporte. Merecería paginas y paginas de cuentos. La mayoría de las veces viajamos como únicos pasajeros blancos. El bus de largo recorrido, que nos lleva a Ilembula (provincia de Njombe) ida y vuelta, es bastante cómodo. Sin considerar que a la vuelta, en el tramo Iringa-Dar Es Salaam (nueve horas), el asiento es notablemente más pequeño que los de Ryanair. Pero todo se aguanta, especialmente cuando ves la gente fuera, a través de la ventanilla. En cada parada, el bus está rodeado por vendedores que levantan sus cestas y pican a la ventanilla, o a cualquier parte del bus, para llamar la atención. Puedes obtener fácilmente, y a precios bajos, bebidas, comidas hecha en casa o incluso empaquetada. Venden también chanclas, gafas. En conjunto, el viaje en bus es tranquilo e interesante. Otra cosa son los buses de corto recorrido (pero largo tiempo), los dala-dala. Son mini-buses, a precios populares, colmos de gente que sube con cualquier mercancía. Cajas, cubos, animales vivos, hay de todo. No fue un dala-dala, si no un bus de largo recorrido a Dar Es Salaam, pero es buen ejemplo: cuando abrimos el maletero para sacar nuestras mochilas, tuvimos que mover una caja de cartón, de la cual salió el cuello de una gallina, probablemente un poco agotada por las nueve horas de viaje a oscuras y calor.
Luego, hay el Bajaj, que son vehículos de tres ruedas, tan populares en Italia hace varias décadas. Con una cabina cerrada atrás para los pasajeros, deslizan entre el trafico despreocupándose de casi cualquiera señal. Son muy hábiles y rápidos, y suelen costar menos que los taxis. Análogamente, los piki-piki, o sea, motos, ofrecen servicio de taxi. En ambos casos, la sensación es de estar en una montaña rusa con un cinturón de seguridad que en cualquier momento podría soltarse.
Y luego, en la carretera, montones de camiones, sin duda lo más común que viaja en Tanzania. Todo se mueve por ruedas, ya que la red de ferrocarriles, construida por los alemanes durante la época colonial, es muy reducida. El intenso trafico de camiones que llevan mercancías y gasolina produce muchos accidentes entre ellos. Casi cada vez que hacíamos un recorrido más largo de treinta minutos, veíamos a uno o más camiones volcados al lado de la carretera. El estado de la cabina a veces no dejaba duda sobre la trágica suerte del conductor.
Sin embargo, en conjunto los vehículos a motor son raros. La gasolina, un euro al litro, es muy cara, considerando el sueldo medio (dos-tres euros al día). Por eso usan tanto la bici. A veces tienen que pedalear dos horas cada día para ir al trabajo. Si pueden, aprovechan algún camión para ahorrarse tiempo y esfuerzo. Las bicis muchas veces están cargadas de madera, sacos de cemento o maíz, y, con su cargo, pueden llegar a ocupar una parte importante de la calzada.
| Hacia Mayale, al trabajo. A la ida: cemento. A la vuelta: albañiles con bicis. |
| Centro del pueblo. Ilembula |
Ilembula. Fausta y el cura Tarcisio han construido mucho en estos años. Nos han alojado en el centro de huérfanos, Kituo Cha Watoto Yatima. Una premisa: soy religiosamente agnóstico, y me considero muy critico hacia la institución de la iglesia católica como institución de poder. Sin embargo, estoy contento haberme enfrentado a esta aventura, a pesar de algún prejuicio. Porque mi sensación ahora es que lo que hacen misioneros laicos y religiosos no tiene nada a que ver con el rol de la iglesia en el mundo más avanzado. Ahí incluso las misas son alegres y divertidas, son un canto a la vida de comunidad. Son interactivas, y llena de niños. Niños que cantan, coros con instrumentos musicales y pequeños movimiento de danza tradicional.
Han construido mucho, decía. Abrieron 64 escuelas infantiles, unos cuantos centros de huérfanos, y ayudan cada mes a 150 familias en situaciones económicas desesperadas. Gestionar todo esto es agotador, y supone una cantidad de esfuerzos notable. Otro voluntario, Maurizio, lleva dos años ahí. Es un gran ejemplo de elección de vida. Se les nota cansados, a veces frustrados porque debe ser muy duro aportar una gota de esperanza en un océano de pobreza. Tienen mil historias, que poco a poco comentan, en parte. Situaciones familiares dramáticas, una niña que se presentó al centro sola, pidiendo ayuda, muchísimos con padres muertos por el SIDA.
Nosotros nos limitábamos a dar una mano donde hacía falta. Yo y los chicos nos improvisamos albañiles y fontaneros, trabajando en parte con lugareños. Disfruté montando lavabos para una escuela superior de agricultura en la aldea de Mayale, muy cerca de Ilembula. Ayudé incluso para la construcción de la iglesia (aunque creo que no es lo que más necesitan, en mi modesta opinión). Las chicas repartían ayudas con Fausta, la ayudaban en el almacén de ropa de segunda mano donada por el occidente. Preparaban harina, y jugaban con los muchos niños. Evidentemente, si te quedas pocas semanas, no eres tu que estas ayudando, si no al revés: estas aprendiendo lecciones de vida cada día, aportando poquito. Es más lo que nos llevaremos dentro de regreso a Europa.
| Fontanero a la africana. Material de segunda mano, con piezas que apenas cuadran, hay que arreglárselas. Mayale |
| Transportando piedras. Ilembula |
Ritmos. El día está marcado por el sol. Cerca del ecuador, la duración del día es constante a lo largo del año. Tenemos 12 horas o poco menos de luz (un poco más, en verano). Todo el mundo
despierta por la mañana antes del amanecer (nosotros una media hora más tarde, la verdad...), para las tareas de recoger agua a las fuentes. Maurizio antes del desayuno cuida a los animales, recogiendo huevos y alimentando
gallinas, pavos, patos y conejos. A las ocho o poco más empieza nuestro trabajo. Al mediodía, una
buena pausa con la espectacular, abundante, natural y saludable comida
de Fausta, y de las cocineras locales Giuditta, Sara y Aurora. Por la
tarde unas horas de trabajo, hasta que, a las 17 o 18, es el momento de
quedarse con los niños, o de ir al centro del pueblito, para comprarse
papas fritas o tomarse una birra (Kilimanjaro, Safari o Castle) en el único bar con nevera. Cena
abundante, seguida por noches en buena compañía, con risas y cervezas, y a dormir. Alba y
puesta del sol son un espectáculo cada día. No hay edificio que tape la
más simple belleza de un día que empieza o que se acaba. Así puedes
sentir de ser parte de un planeta, y no de una jaula hecha de cemento.
| Puesta del sol. Al contrario del ritmo de la vida, el sol baja muy rápido y te deja a oscuras en nada. Ilembula |
| Nuestro vecino. Se hincha como una almohada por la mañana. Ilembula |
Agua. Un par de pozos son la fuente de agua en toda la parroquia. Unos tanques almacenan el agua bombeada desde cien metros de profundidad. Está muy buena. Dependiendo de las temporadas, el pozo puede quedarse vacío al final de la temporada seca (que dura 8-9 meses, desde Marzo). Durante esta temporada, no llueve nunca, aunque este año, al parecer, estaba más nublado de lo habitual. La temperatura invernal es agradable, entre 20 y 25 grados por el día, y algo menos por la noche. Un viento suave y la humedad muy baja no hacen sudar nunca, ni siquiera bajo esfuerzo.
El agua corriente se limita a unas fuentes donde la gente llena sus cubos. Se ahorra lo más posible. El agua usada para las duchas (hechas con cubos y una jarra en un cuarto que da al patio) o para los platos, se usa como descarga en el aseo. Hay mucho cuidado en evitar despilfarro. Ay, cuanto tendríamos que aprender en este sentido! Lo bueno que tiene la escasez es que te das cuenta del valor de las cosas. Por ejemplo, el calor del agua. Lo obteníamos solamente dejando unas horas los cubos en pleno sol, para que, antes de la puesta del sol, fueran bastante calientes para las duchas. De otro modo, o cuando nos olvidábamos llenar los cubos, tocaba una saludable ducha fría! Memorables las que nos hacíamos por la noche, a lo mejor después de una cerveza, y cansados del día.
| Pozo y tanques de almacenamiento. Ilembula |
Ojos enormes. Es sin duda la cosa más bonita. Cuando nos marchamos a las 6 y media de la mañana hacia el bus de regreso, algunos de ellos ya estaban recogiendo agua en los cubos. Nos vieron con las mochilas en las espaldas. Nos miraron fijamente, sin decir nada. Sabían muy bien que otros voluntarios, a los cuales se habían afeccionado, se iban. Apartamos la mirada, sin decirnos nada. El momento más duro del viaje, donde has de huir como un ladrón, si no quieres que la emoción te derrote, que lo veas como un abandono, y que la emoción haga incluso más daño a los niños. En esas semanas, ellos nos habían conocido, siempre saludándonos y queriendo un abrazo.
En la misa, piensas como el mar de pequeñas cabezas que tenía adelante es el futuro del África. Entiendes lo que empuja Fausta, Tarcisio y toda la gente que dedica parte o todo de su tiempo a ellos. Vale la pena.
Algunos tienen ojos enormes, otros son enfermos (muchos tienen SIDA) o con discapacidades. Pero casi todos sonríen. Juegan al fútbol, nos buscan. El futuro de África está en sus manos, o debería estarlo.
Un señor me dijo "Mira, aquí los niños no son míos o tuyos. Son de todos. Cualquier adulto tiene que cuidar y reñir a todos los niños presentes como si fueran suyos. Viven juntos, juegan juntos. ¿No es así en Europa?" Pues no.
| Parte del centro de huérfanos. Ilembula |
| Habari? Nzuri! Ilembula |
| Vida de niños. Vida de comunidad. Vida de sonrisas. Ilembula |
La manera de vestir. Muchas camisetas de fútbol europeo, sobre todo AC Milan y Barcelona. Camisetas a veces consumidas, a veces nuevas y originales. Las mujeres llevan el elegante kanga, una sorta de pareo con colores y dibujos con un estilo que enseña la mezcla cultural araba, africana y indiana. Nos piden que vayamos siempre como ellos: pantalones largos por lo menos cubriendo la rodilla, camisetas con mangas. Aquí la comercialización del cuerpo no ha llegado todavía, aunque quien tenga televisión inevitablemente verá vídeos musicales de dos tipos: uno, de canciones religiosas alegres, el otro, de música swahili moderna donde Porsche y curvas de mujer expresan el análogo de los modelos occidentales que los medios y la cultura proporcionan hoy en día como ejemplo de éxito en la vida. Sin embargo, en la calle todo el mundo o casi mantiene la tradicional forma de vestir. Nosotros nos adaptamos sin problemas.
Sería interesante, o trivial, hablar de tradiciones e imposiciones. Velos y mujeres tapadas en el Islam son rápidamente juzgadas como barbaridades por parte de muchos occidentales. Habría que poner todo en contexto. Tal vez la forma de vestir no es el principal problema de libertades en el mundo. Así como la división de tareas domesticas. Que la mujer se ocupe de criar y cocinar, y el hombre de trabajar en el campo, ahí no es una imposición machista. Es una manera di vivir. Que, por supuesto, en nuestra cultura resulta un anacronismo, ya que no tenemos ni trabajos físicos tan duros, ni la necesidad de mantener estas costumbres familiares y sociales. Pero ahí tiene sentido, tal vez. Apuesto que, tanto en Tanzania, como en países árabes, como en Europa de hace 60 años, las mujeres preferirían tener un euro más al día que tener la libertad de ponerse en bikini. Aquí también, es difícil tener una opinión. Y, al fin y al cabo, ¿por qué hay que tenerla?
| Matrimonio. Algún pueblito perdido. |
Las tiendas. Espectaculares. Son cuartos que dan a la calle, o simple mesas con cajas con vidrio o cubos transparentes que contienen la comida hecha en casa. El supermercado se reduce a una de estas tiendas, con más estanterías que las otras, y una discreta variedad de productos básicos. La cantidad total es inferior a un cualquier pasillo de nuestros supermercados. La carnicería (foto) consiste en un cuarto donde puedes pedir que, en unos días, te llegue un costado entero de vaca o cerdo. Hay moscas, obviamente. Los clientes son pocos, pues, como decía antes, la carne es un lujo.
| Carnicería. Ilembula |
Gente maravillosa. Viajando aquí se aprende también que el mundo está lleno de gente maravillosa. De algunos en pocas horas de conversaciones, risas y silencios aprendes, o te dejas inspirar para los planes a venir. Es el caso de algunas personas occidentales y lugareños que están dedicando sus tiempo, esfuerzo y dinero para ayudar, para intentar derrotar las barreras, los desniveles y la desigualdad. Esta gente está loca, hay que decirlo. Una persona "normal" tal vez no tiene un fuego interior suficientemente intenso y prolongado como para aguantar el cansancio que termina consumiéndote, mientras luchas para que una remota esquina del mondo sea un poco más justa. Sin embargo, estas personas lo consiguen, e inspiran a otras. Es una colmena silenciosa, que no aparece mucho en los medios. Una colmena de gente humilde, que es consciente de aportar una gota casi invisible. Hemos pasado semanas geniales con los otros voluntarios y civilistas: Maurizio, Antonio, Anna, Elda, Martachiara, Miriana, Livia, Severino, Emanuele, Clelia. Y hemos conocido a gente inspiradora como Concetta.
| Siesta en compañia. Ilembula |
| El grupo de voluntarios y civilistas. Ilembula |
Detalles inolvidables. Un desconocido del dos asientos al lado compra una mazorca, vendida por uno de las decenas de vendedores callejeros (comida de todo tipo, bebidas, zapatos...) que rodean el bus a cada parada y pican a la ventanilla para llamar la atención. Después de haberla comprada, la parte en cinco trozos, uno para él, uno para su mujer, y uno cada uno para mi, Marta (únicos mzungu del bus) y otro pasajero al lado nuestro. Sin preguntar ni decir nada nos regala algo que para él es posiblemente bastante valioso. Una sonrisa verdadera es lo que le damos a cambio. ¿En Europa esto podría pasar? Más triste, ¿quién aceptaría comer algo de un desconocido, con los miedos a que siempre pase algo malo? En África se aprende muy rápido a confiar en el desconocido. Personalmente, este es un ejemplo práctico de por que detesto la cultura del miedo que reina en nuestro mundo occidental. Miedo a mancharse los pantalones, miedo a que te roben la bici, miedo a que pierdas la conexión con el tren, miedo a perder dos minutos o dos euros, miedo a aquel de la esquina que tiene pinta de robar carteras, miedo a que un terrible resfriado ataque a tu hijo, miedo a que entren en tu piso mientras duermes, miedo a que mañana sea peor que hoy... Miedo sistemáticamente difundido por los medios de comunicación, que casi nunca hacen eco a la mayoría de acciones y gente buena que silenciosamente nos rodean cada día sin que no nos damos cuenta. Perdonad esta evaluación personal, un poco drástica, pero no soporto el miedo, cuando se justifica solamente por noticias en la tele. La vida es otra cosa, en mi opinión. Un viaje bueno sabe a vida. Una sonrisa sabe a vida.
| Baobab. Ruaha National Park |
Turismo. Safari dos días, y Zanzibar 3 noches, después de Ilembula. Todo muy espectacular y único, y fácil de encontrar en los cuentos de otros miles y miles de turistas que disfrutan de lo mismo, o en Google. Los locales, por supuesto, no pueden permitirse estos lujos, propiedad exclusivas nuestras. A pesar de las maravillas como paisaje, esta parte del viaje no nos ha aportado mucho. Sobre todo, la interacción con los lugareños se limita a sus intentos de ganarse alguna miga que gotea desde nuestros bolsillos hinchados (bueno, los nuestros no mucho la verdad, pero todo es relativo, si lo comparas con sus sueldos medios). No hay contactos o charlas desinteresadas. Acostumbrados a masivas presencias de italianos, catalanes, alemanes e ingleses, la relación con ellos es un continuo rechazar ofertas de brazaletes, colgantes, chanclas, viajes en barco... Después de tres días, es cansador no poder disfrutar cinco minutos sin estas continuas ofertas. El contraste de poder económico produce esta desagradable situación, por la cual, por ejemplo, si te alejas de la parte de resortes de lujo, vas encontrando la aldea de verdad, con condiciones símiles a las de Tanzania continental. El desnivel de bienestar es brutal.
Cuando no te comes la cabeza con estas inevitables consideraciones, disfrutas del sitio. Hemos visto cosas increíbles, como familias de elefantes, montones de jirafas, manadas de cebras, monos, y avestruces. En Zanzibar, la increíble arena blanca, o los corales en una salida de barco hacia la isla de Mnemba. En Nungwi (norte de la isla), después de una larga caminata llegamos a la zona no turística, donde construyen y arreglan los barcos de pescadores, los tradicionales dhow, utilizados también para llevar los turistas. Ahí de repente todo es mucho más agradable, nos saludamos con todos ellos, y nos paramos a mirar como trabajan cada día. También conseguimos cenar en un sitio típico, a precios locales (y no en restaurantes con pasta a precios europeos, o sea, 5 veces más).
| Leonas perezosas a mediodía. Ruaha National Park |
| Jirafa curiosa. Ruaha National Park |
| Familia de elefantes. Ruaha National Park |
| Dhow. Nungwi |
| Puesta del sol con cambio de marea. Nungwi |
Karibu tena. Volveremos. De verdad. En pocos días, volver a nuestro mundo tiene un sabor irreal. Pero rápidamente te acostumbras a tener ritmos frenéticos, a preocuparte por cosas inútiles. Volveremos, Tanzania.
Dejo otro trozo de corazón. He sentido ser parte del mundo, y ya está. Me he sentido un ser humano, y punto. Y me he sentido cómodo, a pesar de las evidentes diferencias físicas y de mentalidad.
Daniele, agosto 2014.
Este viaje por la África de verdad es para ti, Jorge, que nos has dejado justo cuando estábamos en el avión de regreso.
¡Que puedas ver África desde arriba cada noche, cada día!
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